domingo, 5 de febrero de 2017

Y ALLÁ, A LO LEJOS, OPORTO.



No quería irme. Hubiese vendido todo lo que tenía en ese momento y empezado una nueva vida junto a los míos allí.
En el avión, Martín y yo mirábamos cómo nos alejábamos de esa tierra poderosa y virábamos por encima del gran océano, inevitablemente hacia el este, otra vez al este.
De alguna manera, entre los juegos y las canciones que musitábamos, nuestra mente recordaba el paseo por el puerto, las gotitas de las últimas lluvias sobre el plástico con las que jugar a través de él y la decadencia de esas casitas que se veían al fondo, detrás del Duero, como un tapiz al que parece que nunca vas a poder acceder, porque es un dibujo.
Recordaba la bodega polvorienta de Dirk y sus vinos llenos de telas de araña, su sabor por dentro de la lengua, como el de un dulce que ha pasado mucho tiempo guardado en un cajón.
Y el sonido del tranvía, abriéndose paso por la Vía Catarina cantando su canción de madera y plomo.
Y el Mercado, y los adoquines y el cielo y ese olor...
No hubiese querido salir nunca de Portugal.
Pero el viento nos llevó a otro lado.